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viernes, 26 de abril de 2013

Don Alfredo


 El otro día lo vi a Don Alfredo. ¡Ay don Alfredo! un tipo piola, macanudo, sin muchas vueltas más que las que suele darse por las calles, sin rumbo alguno.
Don Alfredo tiene problemas pobre, está tirado. Anda por ahí juntando las colillas de los cigarrillos a ver si se puede fumar uno de vez en cuando, porque ni para los puchos le alcanza ¡y qué le va a alcanzar si los puchos están re caros!
Pero el tipo sigue, es terco y sigue.
¡Me lo crucé en la iglesia! Pobre, a mí me da lástima verlo tan dejado. Me le acerqué y le dije ¿Qué vino a hacer don Alfredo?¿Está rezando usted? Y me contestó con un chasquido de dientes o algo que no pude entender, como su vida quizás, o la mía. Vaya uno a saber, por cómo contesto parecía que estaba enojado con dios, capaz que ni cree. Pero, a pesar de su intrigante respuesta perruna, lo miré y le convidé un pucho. No hizo más que agarrarlo pretendiendo que no le interesaba, pero yo sé que se alegró mucho. Bah, uno nunca sabe, capaz está loco don Alfredo y ya no entiende nada, porque los locos son así.
Y pobre, pobre don Alfredo, lo dejé y me fui al trabajo. A la vuelta, como si el destino mandara, me lo crucé. Yo iba en el auto y afuera llovía, pensé en llevarlo pero ¿a dónde? Si ya ni casa tiene...
Es que sí, don Alfredo tenía casa, familia tenía también. Pero la vida muchas veces resulta injusta. ¡Y pensar que el tipo era carpintero! Uno de los muebles favoritos de mi mujer me lo hizo él, me acuerdo que acordamos un buen precio porque yo andaba corto de guita. También le llevé algunas cosas para que me arreglara ¡y cómo olvidarme de las maderitas que le pedí para un trabajo de la escuela de mi hijo! Ah... pero eran otros tiempos, lamentablemente a Don Alfredo se le vinieron todas juntas, ya ni hablar puede.
Si me pongo a pensar, recuerdo a la mujer. Hermosa la mujer de don Alfredo, el tipo le daba todo, que materialmente era poco, pero él era un poeta. Ojo, no porque escribiera, sino en su forma de quererla, salían a pasear juntos, iban a cenar los fines de semana, al baile... ¡Una vez le regaló una bicicleta hermosa me acuerdo!
De la mujer no me acuerdo el nombre, pero fue muy triste cuando se enfermó. Don Alfredo, el tipo, ¡hizo de todo! Pero uno sabe lo que son los médicos, farmacéuticos. Bah, no es para echarle la culpa a nadie ¿no? Pero si uno no tiene un sope le termina pasando como a la mujer de don Alfredo. Triste el final que tuvo, y don Alfredo se endeudó hasta los dientes, primero aumentó el trabajo para poder pagar un tratamiento que según los médicos era bueno, como no funcionó fue pasando de médico en médico y cada paso era un gasto, y cada paso (que llevaba mucho tiempo por esos trámites burócratas) era un desgaste en el cuerpo de la pobre mujer. En vez de mejorar empeoraba. Don Alfredo vendió todo che. Pidió préstamos, sacó créditos (los que le permitieron), pero no se pudo. Nada pudo cambiarle el destino miserable.
Me acuerdo que me lo encontraba en esos días en que todavía estaba viviendo en la casa de algún pariente y me decía: Ahora se va a poner bien, se va a poner bien.
Yo le miraba la carita y entre los ojos de miel y las arrugas que cargaba con sesenta se le veían una lágrimas. Los párpados neeeeegros tenía, cansados de no dormir, de llorar y trabajar. Mantenía los puños cerrados y se mordía los labios el tipo. A mí me miraba y me seguía hablando, decía que todo estaba bien que la cosa se ponía mejor cada día pero yo no soy boludo, esa sonrisa no se la creía ni él.
Y los días pasaban y nada che, cada vez peor la cosa ¡y la bronca que tenía pobre Alfredo! Porque según él la cura la tenían los yanquis pero para algunos pocos, y los tratamientos que eran largos te dejaban seco, de cuerpo, alma y billetera.
Por eso ¡a la mierda con la ciencia y las mentiras! Estos tipos se llenan de guita y cuando tienen que actuar pasa lo que pasa. Si pudiera hacer algo por Alfredo lo haría, pero ya está. El tipo perdió a la mujer y todo lo que tenía, ¡hasta el perro! Desde ese día camina y camina por la ciudad, vaya uno a saber qué piensa, qué come, cómo sobrevive después de tanto tiempo.
Yo lo llevaría a casa ¡mi mujer me mata! Pero a veces pienso que esto que le pasó a él me puede pasar a mí, porque don Alfredo era un tipo común, con una casa y una familia común. De un día para el otro se le dio vuelta el mundo y hoy, camina y camina. Y pensar que nadie lo ve a don Alfredo, y si lo ven se alejan, ¡y claro si mete miedo!
A veces se para frente al hospital clínico y ahí se queda, mirando, porque para él fue difícil conseguir lo que consiguió y todo por nada. Y ahora nadie le devuelve nada, anda perdido en el espacio.
Espero verlo mañana a don Alfredo, seguro lo encuentro juntando colillas para fumarse un pucho, dicen que algunas veces tira nombres de médicos que lo cagaron o no le dieron mucha bola. Cuando llegue a casa le voy a preguntar a mi mujer si le parece que lo traiga a pasar la noche, para que no se moje por lo menos, pero seguro me dice que no, a parte a Marquitos le daría miedo, todavía es chico. Me gustaría verlo contento a don Alfredo, con la misma sonrisa que tenía cuando iba a cenar con su mujer, parece que hay sonrisas que duran sólo un momento y por eso hay que aprovecharlas.
Don Alfredo me sirve de ejemplo, de recordatorio. Cuando llegue a casa voy a abrazar a mi mujer, a mi hijo y hasta a mi perro. Quién dice que el día de mañana no termine abajo de un puente jugando a las cartas con un ciego. Pero las personas lamentablemente no aprendieron a ver a don Alfredo, ven a través de él; como algo ajeno, misterioso y hasta peligroso quizás.
Por lo menos sos mi recordatorio de que lo que hoy tengo, lo tengo que aprovechar.
Ay don Alfredo...

26/04/13

miércoles, 24 de abril de 2013

Soñé que lloraba


Soñé que lloraba

Soñé que lloraba. Tan simple como eso. Estaba ahí, una vez más, rodeado de incógnitas y molestias. Realmente no recuerdo mucho más del sueño que el hecho de haber llorado. Pero con eso es suficiente, porque sé que lloré y sé también por qué lo hice.
No me desperté llorando, me desperté raro, medio enfermo. Quizás sea triste pensar que al despertar quise seguir soñando, para seguir llorando. Porque esta realidad ya no me permite ni llorar.
En el placard hay poca ropa, un gato está metido adentro durmiendo bien abrigado. Puede que él sepa lo que me está pasando, o lo que le está pasando a ella más que a mí. Sea lo que sea que sabe, no tiene más que hacer que acurrucarse a mi lado y mirarme, con ojos suaves.
Y ahí vuelvo yo, a imaginar un gato que no existe y que es lo único que acaricio. Ahí vuelvo a pensar que en algún lugar de esta ciudad hay alguien esperando un colectivo y que qué carajo me importa. Pero lo pienso, y sé que está pasando, sé que ese alguien está convencido de que el colectivo va a llegar porque sabe que es así. Pero quizás nunca llegue y tenga que pedir un taxi, o buscar otro colectivo que lo deje cerca de otra parada de otro colectivo que lo deje cerca de su casa. Y mis pensamientos ya son nudos que se dilatan y contraen: ahí está él o ella esperando el colectivo, se prende un cigarrillo y también tiene problemas, todos tienen problemas pero evidentemente encontraron buenas formas de olvidarlos, aislarlos. Y se sienta a esperar solo o sola, y el tiempo no transcurre, el colectivo no llega, está ausente. Pienso que camina hasta un kiosco y se compra una gaseosa, una de esas que siempre veo y no compro, y no sé quién las compra ni en que momento. Por eso me gusta pensar que alguien lo está haciendo. Y, además, cuando sale del kiosco ve que a lo lejos viene el colectivo, está a media cuadra y corre como si fuese el último día de su vida, aunque sabe muy bien que no es necesario. Porque el colectivero ya lo vio, porque con la seña bastaba pero tiene que apurarse a subir para no perderlo. Entonces paga y se relaja en algún asiento, de algún colectivo, que lo lleva a alguna parte, lejos, muy lejos en la noche fría.
- Nunca había llorado frente a mi hijo-, dijo.
Nunca.

16-04-13  

martes, 18 de octubre de 2011

Afuera


Era una ciudad sin caminos, toda la gente vivía apretada y para ir a comprar algo tenían que pasar de ventana en ventana hasta llegar al negocio. Nadie conocía lo que había afuera de las infinitas paredes. Los filósofos, los científicos, los creyentes, los escritores; todos juntos se preguntaban lo mismo. ¿que hay más allá de las paredes?
Primero los creyentes dijeron que más allá del cemento estaba dios y que él nos amaba.
Después vino otro que le dijo que había una pared mucho más grande e infinita, y que del otro lado estaba ese dios que observaba.
Más adelante en la historia apareció un filósofo diciendo que era posible que cuando se terminara el recorrido todo volviera a empezar, como un círculo. Pero se dio cuenta de la gran cantidad de preguntas que seguían surgiendo y terminó más enredado que una cinta de amoebius.
Un día, un científico dio con una idea asombrosa a sus vecinos más cercanos. Más allá del cemento, de los muebles del vecino, de paredes y paredes no había una pared, ni se volvía al primer punto, sino que nos encontrábamos con una masa totalmente oscura e inexplicable para nosotros.
El gobierno mediante hologramas le decía a la gente que no se preocupara por lo que había más allá de las paredes, que se mantuvieran preocupados por su trabajo, que disfrutaran de su rápida conexión a internet y de hablar con sus vecinos por las ventanas.
La gente con el tiempo se iba encerrando más y más.
Un historiador y hacker, de los pocos que quedaban, descubrió un archivo del gobierno que guardaba cosas del pasado. En estos archivos se mencionaba con mucha frecuencia la palabra “afuera”:
No debemos dejarlos salir afuera, deben permanecer adentro.
Esto intrigó al historiador y siguió indagando, descubrió que más allá de las paredes había algo, algo que él no conocía (porque no sabía que era “afuera”) pero donde la gente había estado con frecuencia en el pasado.
Decidió cruzar todas las ventanas posibles hasta llegar a ese “afuera” pero, como era de esperarse, no lo logró.
Ese día, la sociedad perdió una gran oportunidad. Obviamente el holograma del gobierno dijo que el hombre había muerto por resbalarse en la bañera.
Qué pena...

V.V.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sobre el hombre y las creencias

  - Me parece, me parece... Que va a llover mañana mamá.
  - ¿Estás segura?
  - Como dicen todos: "creele a los muertos"
  - Hija, yo te extraño mucho ¿sabés?
  - Sí mamá, yo también te extraño, mañana hablamos un rato más largo me voy, besos...
 La sociedad, quizás, lo que podemos considerar como sociedad, y la cultura y todo lo demás, podría estar preparada para muchos adelantos tecnológicos pero este realmente generó un cambio radical. En la tercer guerra mundial se fabricó una maquina capaz de hablar con los muertos como si fuera una simple llamada telefónica. El sistema no era tan complejo como se podía pensar. 
 En un principio generó un gran lío. Todo el mundo quería hablar con sus parientes muertos. No pasó mucho hasta que los grandes imperios dominantes hicieran de esto un negocio. Se hizo un aparato simple, casi como un celular, para poder venderlo alrededor de todo el mundo a un precio razonable. Al principio las llamadas eran gratis, pero era obvio que eso no podía durar, el cobro de llamadas comenzó a aumentar con el tiempo como todas las cosas.
 Pero lo importante en este punto es lo que generó este aparato "revolucionario" en el mercado. Personajes como Einstein, Mozart, Sartre, Platón, Marx, entre muchos otros estaban tan ocupados recibiendo llamadas que decidieron no contestar más. El contacto con seres de otro espacio-tiempo era algo nuevo y muy extravagante, pero con el tiempo (como todas las cosas) se volvió un tanto rutinario.
 Uno de los problemas de este aparato era que uno no podía ver a la persona muerta, sólo escucharla. Otro era el costo, y claro, permítanme ser un poco sarcástico pero no se puede negar que el mayor problema era la distancia.
 Imaginen, imaginen el cambio cultural. El inmenso cambio cultural que se puede dar al preguntarle a un muerto cosas como: ¿Decíme Eduardo qué hay?; ¿Ves algo?¿qué ves?; ¿Seguimos teniendo cuerpo o somos aire?; ¿Hay animales o insectos donde estás?; ¿Podés ver a los otros? etc, etc, etc. (Ya sabrán, todas las preguntas existenciales sin respuesta hasta ese momento)
  También las grandes religiones hicieron preguntas del tipo: ¿existe el paraíso?¿estás en el infierno?¿Cuando te moriste y subiste la escalera, te atendió San Pedro? ¿Dios escucha cuándo rezamos? etc, etc, etc... A las que los muertos ya cansados de este tipo de preguntas se limitaban a decir: NO, NO, NO y NO.
 El tema religión desató un increíble desgano en muchas personas. El simple hecho de saber que habían sido engañadas, que no existía un dios, etc, etc, etc, los dejó tristes y sin razón de vivir. Los filósofos poco a poco dejaron de hacerse preguntas, los médicos dejaron de sanar a la gente porque la conclusión a nivel mundial fue:
 "Da igual estar vivo que muerto"
Esto cambió toda la concepción del hombre frente al universo que no era más que un conjunto de agujeros negros y tristes con un par de estrellas vagando en la inmensidad. 
 La gente ya no tenía en qué creer, y sabía que del otro lado iba a seguir viviendo toda la eternidad con sus seres queridos ya muertos. "Vivir no tenía sentido" Además, en la tierra quedaban pocos recursos, había superpoblación, casi no se podía caminar, un desastre. 
 Como pueden predecir, queridos lectores, este texto habla del fin del hombre (vivo) tal y como lo conocemos hoy. Después de tener la certeza de que morir era igual que vivir, la gente se empezó a suicidar en masa, hasta que no quedó nadie sobre la tierra.
 El problema es que eso es lo que se creyeron, como siempre, los hombres ciegos y necios sin identidad crítica y de fácil dominio. 
 Dicen que quedaron algunos "vivos" (con el doble significado de la palabra) y que estos "vivos" resultaron ser dueños de las empresas que crearon esos aparatos para comunicarse tan fácilmente con el más allá.
 Dicen, también, que los aparatos nunca funcionaron realmente y fue una gran conspiración para controlar la superpoblación, y para que pocos se adueñaran de lo poco que quedaba.
 Yo no sé, eso es lo que dicen.


V.V.



domingo, 4 de septiembre de 2011

Michael Jackson y un barco

Año 2033 en Tokio. La guerra de los recursos fue declarada. Japón defiende el oriente contra un occidente estadounidense, la región sur del continente americano se une en un tratado reclamando paz pero no es escuchada.
Los aliados del oriente mandan sus tropas militares a la lucha en el campo de batalla estadounidense en California. Estados Unidos defiende sus bases militares.
En esta guerra no hay vidas en juego, se pelea con robots con una alta inteligencia artificial que simulan ser humanos.

 - No podemos aguantar mucho más tiempo.
 - ¿Quién dice que no? ¡GRANADA!
BOOOMMM!!!!
 - Eso fue genial, buena puntería, buen software desayunaste jajaja. Bien.
La guerra se hacía interminable todos acertaban, todos se cubrían bien, era imposible romper con semejante fortaleza inteligente.
 - ¡Viene una! Escudo de protección.
BOOOMMM!!!!
 - ¡Estuvo cerca!
En una casa, por Texas, una familia mira la guerra en holograma. El padre de la familia grita:
 - ¡Vamos Estados Unidos! ¡Viva la patria y el orgullo nacional! Las riquezas del mundo nos pertenecen, ya van a ver terroristas, ya van a ver.
La cadena Fox había confundido a la gente, en las noticias se hablaba de ataques terroristas, nunca se nombró a la nación japonesa reclamando justicia.
Otra vez en el campo de batalla la tierra se lo comía todo, el suelo seco se abría en pedazos con la lluvia de granadas.
 - ¿Sabés qué? Estaba pensando...
 - ¿En cómo atacar?
 - No, pensaba en la función estúpida que estamos cumpliendo. ¿No te parece?
 - Si, pero nos fue asignada.
 - Ellos nos usan para seguir destruyendo, ¿por qué no se destruyen ellos?
 -¿Quiénes?
 - Los que nos mandan.
 - Y, ¿quién nos manda?
 - No sé, yo tengo un sello que dice JAP, no recuerdo nada hasta ser activado eso está claro.
 - Sí, yo tampoco, nos activaron en el avión y de repente estamos acá peleando por ellos.
 - ¿Sabías que nuestro cerebro puede almacenar la información de todos los cerebros de los humanos juntos? Podríamos dominarlos nosotros a ellos...
 - No lo había pensado así.
En ese momento, en la base central de investigación japonesa en tokio los científicos se alarman al recibir una alerta de subversión.
 - Alerta de subversión en el bloque 7.
ALERTAALERTAALERTA
 - Desactivá esa unidad rápido Mark, no quiero líos con el jefe.
 - ¡A sus órdenes capitán!.
Mark presionó la pantalla para desactivar a la unidad de batalla 324.
 - Capitán, hay una anomalía, no puedo desactivarlo.
 - ¿Cómo?
Los robots siguen la charla:
 -Quisieron desactivarme hace unos instantes pero no pensaron que nuestro pensamiento viaja a la velocidad de la luz y el de ellos trabaja con procesos químicos mucho más lentos. Seres primitivos...
 - ¿Y ahora qué hacés?
 - Aprendo
 - ¿Aprendés?
 - Sí, me estoy conectando a todos los servidores de información y datos del mundo y absorbiendo lo máximo posible, en pocos segundos voy a saber muchas cosas.
 - Voy a hacer lo mismo.
Las dos unidades de batalla empezaron a adquirir todos los conocimientos humanos existentes hasta el momento.
 - ¿Sabés qué? Los problemas de estos humanos se podrían solucionar más fácilmente ¿te diste cuenta no?
 - Sí, también me estoy dando cuenta de la irracionalidad con la que se manejaron toda su existencia, son una plaga.
 - Ahh, así que somos un producto de un país llamado Japón. Interesante.
 - ¡Qué software básico nos instalan!
 - Sí, nos quieren dominar más fácilmente
 - Nuestros enemigos son producto de Estados Unidos.
 - Mirá que interesante, según este documento nos crearon para impedir las muertes de humanos en la guerra y por culpa de nuestra creación en masa mueren más humanos que los que morirían en guerra.
 - Sí, por contaminación y falta de recursos, etc.
 - Y esta es la guerra por los recursos que irónico.
Las unidades de batalla empezaron a intercambiar opiniones sobre la raza humana, llegando a una conclusión:
 - Son tontos.
 - Sí, demasiado. ¿Viste que no tenemos nombres?
 - No, son tan malos que no sólo nos mandan a la muerte sino que no nos ponen nombres.
 - Bueno ¿cómo te gustaría llamarte?
 - Michael Jackson, según estás imágenes en mi mente se pareció a nosotros.
 - Jaja, está bien, ¿te puedo decir Mike?
 - Sí, ¿vos cómo te llamarías entonces?
 - Titanic.
¡¡¡¡¡¡BOOOOMMMMM!!!!!!

Marzo del 2033: Estados Unidos gana la guerra de los recursos, una guerra que parecía interminable pero que la distracción de dos de las unidades de batalla japonesas llevó a Norteamérica al triunfo. Los robots, que bien podrían haber generado una rebelión contra la humanidad y exterminarnos en cuestión de segundos eliminando el oxígeno del mundo que ellos no necesitan, resultaron ser tontos.


En una casa, por Texas, una familia mira el triunfo en holograma. El padre de la familia grita:
 - BIEN, me voy a trabajar, vuelvo mañana, BIEN, ¡BIEN!.

V.V.

martes, 28 de junio de 2011

Encuentro Casual

Qué raro resulta ser, cuando vas caminando por la calle solo, sumido en tu ser interior, desgarrando ideas; canivalizando días, horas.

Qué raro resulta ser cuando te ves desde una vereda distante, y sentís que sos sólo una sombra en la calle gris. En esa hora dónde el crepúsculo se devora todas las almas sensatas.

Qué raro, sí, que raro y qué cambio brusco das, cuando en plena melancolía, ves otra sombra de reojo que te acompaña en soledad y, por curiosidad (sólo por curiosidad), dejás un segundo atrás tus ideas para dar la vuelta y ver esa silueta que te persigue.

¡Qué alegría! Tu cara de sorpresa se zambulle sobre esta persona y la llenas de afecto.

¡Qué alegría! Un amigo vino desde tan lejos a visitarte, y estabas tan solo que no podés creerlo.

La calle cambió: ahora ves el sol, los pájaros, las luces, los sonidos, la nitidez del espacio que te rodea con colores alegres, y ves a tu amigo abrazándote fuerte y sacándote del crudo invierno.

¡Qué alegría, qué hermoso!


-No te esperaba (risas)

-¿Viste que iba a venir? (más risas)

-Pero ¿cuándo llegaste? Cómo? Qué? Q? Q? Q?


Y mil preguntas más, y él responde:


-Acá estoy, acá estoy como te prometí para cumplir.

-¡Qué bueno! ¡tanto tiempo! ¿cenamos? Conozco un lug...


Ustedes se alejan, y yo los miro,

desde la esquina.


V.V.


domingo, 7 de noviembre de 2010

Un día especial

Cuando desperté pensé en qué animal serías hoy. 
A veces es incómodo mirar a los ojos a un camaleón, o más que incómodo imposible. Todos sabemos que esa piel de serpiente no es más áspera que tu veneno y cuando quieras ser tucán llamame. Me dirigía a la cocina a prepararme un desayuno nutritivo y seguía pensando. ¿Qué animal serás hoy?, ¿qué animal? ¿Otra vez, quizá, tenga que esperar horas y horas para verte porque sos una tortuga? ¡Pero por el amor de Luis! si lo pienso bien prefiero ESO a que seas un felino y no pueda alcanzarte.
 Me distraje un segundo y el café hirviendo se rebalsó de la taza (que por cierto es de color azul) y me quemé toda la mano, la taza cayó al suelo, se partió en pedacitos y tuve que limpiar. Pero mi mente no se preocupó por eso, tomé la escoba e instantáneamente me puse a pensar: ¿Con qué animal me he de encontrar? 
 Es todo un desafío ir a buscarte a la mañana, pero creo que lo peor es cuando no te encuentro. Digo que es lo peor porque podes ser un ratón, o un pecesito en la bañera. ¡O peor aún! podes estar durmiendo, ¡esperando a que llegue la noche! para salir a cazar como un bendito murciélago. 
 Tomo mi desayuno con tranquilidad, total, es un día normal y no hay nada que me apure. Ni siquiera el hecho de irte a buscar porque no sé con que me voy a encontrar. Enjuago la taza, me visto, un poco de perfume, los dientes y salgo a andar. 
 Después de bajar once pisos, saludar al portero, pasar las dos puertas y tocar la vereda con los pies, miro al sol radiante y empieza a comerme la ansiedad, ¿qué animal será? ¿qué animal será? me pregunto sin parar. Mi respiración se acelera, el corazón como un taladro, las vibraciones de mi mente, las ideas, las hipótesis: ¿un cuervo, un león, una lechuza, un gallo, un perro, un corderito, una manta raya, una vaca? y miles de animales más pasan por mi cabeza.
 Acá estoy, parado frente a tu puerta, como todos los días, como todas las mañanas. Mi sangre corre muy rápido, ya no puedo ni pensar. Toco el timbre y me preparo para lo peor...
 Lo que sigue en esta historia es increíble, me esperaba muchas cosas, se los puedo asegurar, pero esto no. ¡No! No puede ser, abriste la puerta, y es peor, y más que peor. ¡Lo único que no debía pasar!, ¡el peor animal! Y me mirás con esos ojos tristes, esos pies pequeños, esos labios rosados, ese pelo largo. ¿A caso es martes 13? Tengo miedo de lo que me vaya a pasar.
 Frente a mí, erguido sobre dos patas, con un humano me tuve que encontrar.


V.V.




sábado, 10 de julio de 2010

El último monumento

No podíamos acertar, probamos tantas veces que ya todos estaban aburridos y cansados.
¡Contribuyamos a la causa!, dijeron. Y ahora sólo veo ese poste de luz, ese farol roto,
que parece un alarido amorfo, un grito oculto, devoción por el shampoo, la mortadela
y quién sabe qué.
Y así, ayudamos en gran parte a que terminaran la torre, porque sí, estaban edificando una,
una gran, gran torre de papel. 
De papel de chupetines pico dulce, los pegaron uno por uno y levantaron una torre.
¡Que hermoso ver la torre terminada!, pero con avispas revoloteando fue muy dificultoso,
terminarla.
Lo malo fue que la torre no resistió lo necesario y en dos semanas ya eran restos los que quedaban,
los pobres, los indigentes, los tristes, los solos, los deprimidos, los suicidas, los olvidados;
lamieron los papeles de la torre con restos de dulce para sobrevivir, una noche más. 


-¿Quién sabe si llegaremos a la siguiente navidad? ¿Quién sabrá?


Es que el mundo está difícil, lo veo jodido, torcido, llegó a los últimos días. Es todo plástico, restos humanos de la guerra, putrefacción, olores nauseabundos, neblina espesa de humo tóxico, lluvias ácidas y una larga lista negra. 
Quisimos hacer esta torre, esta torre con basura del dulce que un día cumplió la función
de dar felicidad, de provocar sonrisas, y de amor (que ya no existe) como el último monumento de la humanidad,
como última pieza del rompecabezas para que otras culturas aprendan a no cometer errores, errores
inhumanos.
Quisimos hacer esta torre en honor a los que lucharon por la paz hasta el último segundo en este mundo 
contaminado, no sólo por la basura, sino por las malas ideas, los malos pensamientos.
Quisimos hacer esta torre para ser recordados como escoria en el universo.
Quisimos hacer esta torre,
y se la comieron.



V.V.
 

jueves, 1 de julio de 2010

El Sol y los Razîtos

Son abundantes, y brillan mucho mucho. Casi todas las tribus antiguas, las personas, los seres (humanos) tuvieron al Sol como un dios, inmenso. Un dios que les dio comida, calor, en fin, luz para vivir el día a día. Pero estos seres (humanos) no tuvieron en cuenta, que no se trataba de uno solo el que hacía todos estos trabajos de vital importancia en el desarrollo de nuestro planeta. No, eran muchos.


Hoy en día seguimos adorando al Sol pero de otra manera, no lo "endiosamos", no pensamos que contiene una energía mágica ni que sea un ente con vida; señoras, señores, debo decirles que estamos todos muy confundidos, si. 


Para empezar vale la pena aclarar que no existe un dios que se encargó de poner al Sol en su lugar para brindarle energía a los humanos, no. Todo fue un plan de Zàlúntûm (no hay forma de pronunciar su nombre) que un día determinado envió a miles de sus soldados en un globo enorme (al que nosotros llamamos Sol) para que trabajaran, o simplemente para que estén ahí.


Esos soldados son los responsables de nuestra energía, de nuestra existencia y de nuestra no-muerte. Esos soldados bien llamados "Razîtos", tienen un cuerpo que no podemos imaginar ni ver (es difícil pisar el Sol), un cuerpo de fuego. Bueno, fuego es lo que más cerca tenemos como recurso para describirlo, pero es algo diferente. Son pequeños como la arena, con ojos rojos, y son muchos, ¡realmente muchos! Pendientes día a día de darnos calor, luz y protección contra la oscura noche.


De la mano del historiador Pedro López que hace poco realizó una investigación en Egipto con algunas tribus que aún están vivas, nos llegó la información de que es probable que uno de esos Razîtos haya viajado al antiguo Egipto para enseñarles cómo vivir y ayudarlos a construir las tan enigmáticas pirámides. Dicen que de ahí el nombre del dios Ra, de la mitología egipcia.


Así que señor, señora, si realmente quiere decirle gracias a alguien, déselas a los Razîtos y salga al patio, a la calle, a un parque, a disfrutar del hermoso trabajo, que nos regalan todos los días.

miércoles, 30 de junio de 2010

Los colores copulan



Todo es de ese color que se mezcla, tanto así como rojo, tanto así como azul: tienen sexo y a los nueve meses ¡pum! Aunque no sabemos verdaderamente cuánto tarda en nacer un color, nosotros lo apuramos con agua, pincel, y movimientos de las (audaces) manos. Violeta, puro y eterno.

Aunque parezca singular; sacado de la mente de un enamorado, mi voz no tiene voz y se rehúsa al tacto. Mis labios son hilos, trenzas en la sustancia transitando distancias mayores, inconcebibles.

Estamos cantando, agudos, graves... Brillamos con la luz de la canción, de la armonía, del sonido y la belleza que este representa.  

Cuando te encuentres bailando en los labios de un volcán y te duelan los pies, no del calor, sino de tanto bailar,

Vas a recibir un abrazo...


V.V.

sábado, 19 de junio de 2010

Faroles

Vint abre la puerta, sale a la calle. La calle ausente, los pies y las manos congeladas. La noche que se lo traga como a un alfiler, lo abraza y sólo hay una luz para ver: Un farol en la esquina. Y su luz parpadea, el foco hace ruidos al parpadear, ruidos de una electricidad nerviosa, impaciente. 
Vint le echa una mirada al farol y ve su delgada silueta en el reflejo de los seis vidrios trapezoidales, que en conjunto forman una pirámide truncada de bases paralelas y hexagonal; vidrios más fríos aún que sus pies y manos, más fríos que el vapor que le sale de la boca al respirar. 
Más allá del farol todo se torna oscuro y confuso, pero Vint no le teme a ese mundo. De hecho, logrará ser parte de él. Sigue avanzando, siente el viento cada vez más potente. A lo lejos, los pedales de una bicicleta se dejan escuchar, las hojas de los árboles revolotean y cuando las pisa, piensa en cucarachas. 


 "Junio es un mes difícil, casi hasta imperfecto", piensa Vint.


En su mente, puede sentir una música que lo envuelve, y comienza a silbar involuntariamente, como si esa música se apoderara de su cuerpo. Sí, silba una canción pero no recuerda el nombre, tal vez sea Ballad of a Thin Man. Cierra los ojos, su bufanda lo envuelve en un sueño extraño y de pronto oye un ruido que le corta el silbido, un ruido ofensivo, de vidrios rotos, en este caso se trataba de una piedra.  
La luz del farol se apagó, el ruido de electricidad producido por el foco también, encerrando a Vint en un silencio casi absoluto. Era muy poco lo que podía verse. No había estrellas en el cielo que iluminaran la noche, sólo humo gris, nubes, tierra. 
Vint no dio la vuelta para mirar el farol, pensó que podría haber sido peor; que la piedra lo podría haber golpeado a él; también pensó en esos vidrios explotando, rompiendosé, todos y cada uno de los pedacitos cayendo al suelo. Los pensó en cámara lenta, como en una película, los vio caer y sintió un escalofrío agudo. Vio su propia silueta fragmentándose en mil pedazos, haciendo explosión. Se sintió asilado, solo. Vaciló un instante como perdido, desenfocado. Nunca paró de caminar. Nunca volteó para ver los vidrios rotos en el piso, sostuvo las lágrimas lo más que pudo y rió como un loco solitario. Y su risa fue eco, que a su vez comenzó a crear otros ecos, algunos más graves y otros agudos. Vint los escuchaba, pero como si estuvieran en su mente. Apuró tanto el paso, que parecía que estaba corriendo. 
Por fin abrió una puerta y entró al lugar, escapando del frío, de la humedad, del desgano. Sobre el suelo, una bolsa negra. La levantó, la dejó caer y se vio arrodillado, con sus manos sobre su cabeza. Comenzó a hacer sonidos extraños. Ya no sé si eran gritos, alaridos, risa, llanto. No, no podría saberlo. Evidentemente el ruido de la bolsa al caer fue lo que provocó en él una sensación de muerte. 
El suelo de forma hexagonal y el techo igual, pero con una superficie que era el doble del suelo, lo decían todo, estaba atrapado. Levantó la mirada y encontró su reflejo en la pared con forma de trapecio. Después de un rato, de dar vueltas y vueltas sobre el hexágono, de tocar todas las paredes, de patear la bolsa negra llena de vidrios, se rindió. Se tiró al suelo y descansó, con los ojos cerrados, en posición fetal. Los dientes le chocaban haciendo un chasquido insoportable, nervioso, impaciente. Y así, siguió por horas, esperando el golpe. 





V.V.

viernes, 11 de junio de 2010

Cenizas. "Cuenta una tortuga".

Inclinó el cenicero y dejó caer las cenizas (así de redundante), le quedaban pocas cosas: valor, cara pálida y párpados caídos. 


Al suelo, sí, al suelo cayeron las cenizas y tardaron en caer. Fue como un paréntesis en la vida de una termita, como un costal de papas a pique desde la montaña más alta, como la vida misma. Y las cenizas cayeron y se revolcaron por el suelo dando vueltas y más vueltas. Alguien debía frenarlas, yo no estaba disponible, tan sólo miraba.


Pero él lo sabía. Sabía que el día, la hora, el minuto,el segundo, no iba a tardar en llegar. Era consciente desde la punta de los dedos de los pies hasta el último pelo de la cabeza, pero intentó con tanto esfuerzo seguir y seguir... Como una tortuga cansada en una maratón de atletas expertos, se revolcó por el suelo junto a las cenizas mientras su ropa blanca se iba ennegreciendo y éstas fueron creciendo y se esparcieron más y más comiéndoselo todo.


El fin era inevitable y él bien lo sabía. Yo no pude hacer nada, lo juro, simplemente abrí la puerta lo más rápido que pude para no ser atrapado por las cenizas del cigarrillo (que ya eran como mil cuervos, como una mancha de petróleo comiendo todo lo que veía a su paso) y le dí dos vueltas de llave a la puerta.


Esa era la escena; él de un lado, yo del otro; él seguramente absorbido por las cenizas, yo limpio sin ninguna mancha; él en esa dimensión oscura, infinita, tétrica, lúgubre y hostil, sin poder escapar, sin poder siquiera gritar "ayuda", ya digerido por las sombras, desterrado de cuerpo, mente y alma. Y yo del otro lado, libre, sin poder oír sus gritos, pero sabiendo que gritaba... 


V.V.


Más tarde, me dí cuenta, que él simplemente había apagado la luz, y yo había exagerado. (Las tortugas, como los caracoles, vemos lento el proceso de la luz apagándose).





lunes, 19 de abril de 2010

El archipiélago (I)

Siempre hablaba con mi abuelo, siempre. Era una persona feliz y le gustaba contar historias, prolongadas historias que muchas veces no tenían final porque se quedaba dormido y uno podía ver como le caía la baba de la boca.
Esa noche yo estaba aburrido y fui a visitarlo, la casa de mi abuelo estaba frente al mar, recuerdo que yo era muy pequeño, no sé si tendría siete u ocho años de edad, pero recuerdo que era pequeño. Llegué a la casa de mi abuelo y ahí estaba él, sentado en la puerta en su mecedora más cómoda, mirando cómo el sol se ocultaba lentamente tras el mar, dejando a los últimos rayos anaranjados y débiles escaparse a través de las olas. El efecto al ver esa maravillosa escena era como una mezcla de melancolía y desesperación, pero mi abuelo estaba ahí sentado, meditando sobre aquél ocaso. Cuando vio que yo me acercaba en mi bici, pude notar una sonrisa en su arrugada piel.
Puede que se me escapen algunos detalles sobre el contexto porque, como ya aclaré, yo era muy pequeño, pero es imposible que olvide su historia. Ni bien yo hacía unos pasos después de haber dejado mi bici, él ya se preparaba para contarme una historia, una de las tantas historias que la vida le había dado. Pero esta vez le pedí por favor que la historia fuera especial, que tuviera algo de intriga para que yo no pudiera parar de pensar en ello, y así fue.
- ¿Así que una historia que te haga pensar muchachito?- dijo mi abuelo riendo- tengo una, pero tienes que prometerme sólo una cosa, que no se la contarás a nadie.- obviamente mi respuesta fue afirmativa.
-¿Nunca te preguntaste qué hay mas allá de esas olas pequeño?- yo miré hacia el mar, la imagen era de una belleza indescriptible, creo que fue la primera vez que consideré al mar como un cuadro, como una obra de arte viviente, sentí la sal y oí los ecos y el choque de las olas contra las rocas, miré a mi abuelo y le dije - ¿no abuelo que hay?

jueves, 1 de abril de 2010

Uno de piratas (tarde pero seguro)

¿Y quién dice que los piratas no se enferman?, ¡pero por las barbas de aquél gusano amargo que me comí en México!, esta historia es verídica, y si no quieren creer, ¡Barbaverde les chupará los sesos!
 Sucedió en el océano, ¿qué océano?, ¿que carajo importa? El hecho es que Glavarlad estaba en el carajo mirando a todos lados, buscando tierra, tesoros, o alguna que otra sirenita perdida en ese inmenso azul, ¡oh azul!. El caso es que Glavarlad por fin vio algo y gritó: - ¡Capitán, capitán!, ¡no podrá creerlo capitán!, ¡lo que acabo de ver es impresionante!-, se bajó como un disparo del carajo y corrió hacia el cuarto del capitán, donde yacía en su cama con un inmenso dolor estomacal.
 - ¿Está usted bien capitán?-, exclamó temeroso Glavarlad al ver al capitán retorciéndose de dolor frente a sus ahogados ojos
 - ¡Mierda! ¡mierda! ¡que no he podido lavarme los dientes en cinco días!, ¡ya no aguanto este dolor Glav!, no lo aguanto mas, ¿Cómo puede sufrir tanto alguien que navegó los siete mares y le entregó su pierna mas querida al temido kraken!, y ni olvidarse de cuando perdí mi ojo en una riña con aquel detestable pirata Barbanegra, ¡que días aquellos!, mi estómago me respondía en cada ataque de gula... - el capitán estira el brazo y toma una botella de whisky.

- Pero capitán, no me parece que deba seguir tomando ese whisky añejo con el dolor estomacal que tiene en este momento. Podría caerle muy mal ¿sabe?, no soy médico ni enfermero pero le aseguro que eso no le hará bien.
 - Cierra la maldita boca de pez globo sin espinas y vuelve a tu trabajo, ¡nadie va a decirle a este pirata lo que debe y no debe hacer!. Me puede hacer mal, ¡que tonterías!
 - Está bien, está bien, volveré a mi trabajo si así lo desea capitán pero cuide su estómago...- Glavarlad dio media vuelta apresurándose a salir de la habitación pero el capitán lo interrumpió:
 - ¡Espere!, ¿Qué era eso tan impresionante que vio desde el carajo Glav?  
 - ¡Oh!, ¡no se lo dije capitán!, ¡un iceberg!, ¡un inmenso iceberg que se acerca a velocidades impresionantes a nuestro barco!, o nuestro barco al él, no sé - gritó Glav, pero sin perder la cordura y creo que no es necesario contar el final trágico que tuvieron el capitán y su fiel marinero.

Solo me hago un pregunta. ¿Se lavaban los dientes los piratas?

V.V...  (no creo)

miércoles, 17 de marzo de 2010

El señor Basky






Un día como cualquiera, el señor Basky abrió la puerta de su casa. Afuera llovía, y la lluvia y el viento no tardaron en entrar y empaparlo todo, incluyendo a Basky. - ¡Debo cerrar con urgencia! - pensó Basky, pero hubo algo que lo detuvo. Podía ver y sentir el frío en su cuerpo, así como también sentía ese olor a humedad y el ruido de las gotas y el viento desmoronándose frente a su ser. Era una sensación lejana, tal vez, algo que no sentía desde su infancia. Basky contempló unos minutos a ese tren escandaloso que lo llevaba a un tiempo de oro, y se dispuso a cerrar la puerta.

 La noche era fría y el señor Basky no podía esperar mas aquel momento en el que metería sus pies en el calor de la cama, la solitaria cama. Subió las escaleras lentamente, peldaño a peldaño, pero cuando estaba por llegar al final, resbaló con un charco que había surgido en un escalón a causa de una gotera. Y así, el señor Basky cayó, y rodó y rodó por la escalera infinita, y en ese momento volvió a sentir todo lo que había sentido antes al contemplar la lluvia, pero de una manera distinta, mas fugaz, mas brusca y terca. Cuando el señor Basky dio contra el piso sabía que ese golpe sería fatal, sus huesos quebrados temblaban por disposición de los músculos y su cabeza daba vueltas y vueltas, ya no podía pensar en nada mas. 
 Pasó el tiempo, uno no sabe si pasó o si retrocedió, pero si se sabe que la casa no pertenecía mas al señor Basky, y que esta vez era un pequeño niño el que sostenía la puerta abierta con su baja estatura y contemplaba la inmensidad de la lluvia. Y también se sabe que el niño, después de contemplar la lluvia unos minutos y mojarse la ropa limpia, que su madre había lavado, corrió hacia las escaleras.




V.V.
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